Apenas tenía ocho años y ya sabía que tenía que huir. Volvía del colegio subido a las vías del tren e imaginaba mundo donde no existía el dolor.

Hoy, puedo decir que me he convertido en la imagen que mi mente proyectó de mí sobre aquellos raíles.

He conquistado esos mundo de libertades imaginadas, aunque fue mi cuerpo quien emprendió ese largo viaje.

Yo sigo en casa, en el lugar donde nací y crecí.

Y sigo sentado sobre las vías del tren.

Puedo decir que guardo gratos recuerdos de mi infancia, pero también puedo admitir que fueron pocos.

Tuve una niñez complicada, marcada por acontecimientos que me empujaban hacia la huida. Aquellos años fueron difíciles. Duros para la mente de un niño que absorbe lo que ocurre sin saber por qué está ocurriendo. Corrían tiempos de cambios para una España antiguada que quería imaginarse moderna. Y los cambios fueron sucediéndose con rapidez, pero no ocurría lo mismo en la cabeza de la gente, que necesitaba de mucho más tiempo para asimilar cosas tan sencillas como el ordena natural de las cosas.

La iglesia ayudaba poniendo el pie a cualquier intento de avance, de lucha por la adquisición de cualquier forma de libertad.

Por la misma ley que no se podía pronunciar la palabra comunista, tampoco era permitido mencionar la homosexualidad. Uno y otro se tiraban al mismo vertedero donde iba a parar lo podrido, lo que no tiene perdón.

Ni que decir que yo no sabía qué era un comunista, mucho menos un homosexual. Pero sabía que algo estaba equivocado en mí, por mi tendencia natural a fijarme en los chicos y no en las chicas.  Los años siguientes crecí creyendo que era eso que nos metían en la cabeza; pervertido, enfermo, pecador. Y, no fue hasta bien entrada la adolescencia, cuando empecé a pensar que quizás el mundo estuviese equivocado y yo no fuera esa especie de monstruo que veía cuando me miraba en el espejo.

Hoy recuerdo ese pasado con más empatía que dolor. Cuando miro dentro de mí, sigo viendo a ese niño buscando ansioso una huida , pero ya está más calmado. No tiene tanta prisa por desaparecer. Continua buscando mundos no contaminados por la mente de los hombre, ni leyes impuestas por cerebros enrevesados que traicionan sus propios instintos. Un lugar idílico donde las cosas sencillas sean las que dictan las leyes y mantienen el orden.

Mientras ese pequeño sueña con aventuras imaginadas en un mundo de ensueño, yo estoy seguro de que algún día encontrará la libertad. Recobrará la autonomía de la que le privaron en sus primeros años y, será feliz.

Entonces, solo entonces, será cuando vuelva a las vías del tren y mire al horizonte sin deseo alguno de echar a correr a ninguna parte.