Mi nueva novela ‘A los ojos de Dios’, está teniendo muy buena aceptación de público y crítica. Ahora recibe un nuevo impulso por parte del Diario Ronda, periódico de la ciudad donde nací y, al que agradezco esta breve pero intensa reseña.

Diría que una mezcla de nostalgia y entusiasmo son las emociones que me despierta aparecer en un periódico de mi ciudad natal. A pesar de los años y la distancia, Ronda sigue viva en mi pensamiento. No soy persona de agarrarme a creencias, ni colaboro con estatus establecidos; más bien me defino como afiliado al cambio, pero como suelo decir; aquello que se gesta y toma forma en la niñez, persiste en el adulto. Y Ronda, es parte de mí pasado, de mis experiencias primeras, de vivencias que han quedado grabadas en mi memoria a golpe de emociones.

Por circunstancias de la vida he vivido en culturas muy diferentes. Países afincados en otros continentes, con formas de entender el mundo muy distintas a España. Todos ellos han dejado en mí la impronta de su sello y, en todos ellos, siento haber dejado un pedacito de mí. Pero, al final, sientes una leve inclinación hacia el lugar donde apuntan tus raíces. Y, parte de esas raíces, están varadas en Ronda.

La promoción de mi nuevo libro ha provocado un reencuentro con mi pueblo. Un viaje imaginario al punto de partida, donde he paseado por sus calles, he bebido de sus vinos, he saludado a conocidos, he respirado el olor del pino en primavera y del jazmín en verano. Me he asoma al tajo y he visto al niño que temía mirar hacia abajo por miedo a caerse. Le seguí la pista hasta el colegio de los salesianos, y más tarde, me invitó a comer un pastel en la confitería de Mateo. Caminé a su lado por las calles empedradas de la ciudad, hasta que cayó la tarde y le vi alejarse con su pantalón corto, su polito de verano y sus sandalias blancas, hacia un vacío donde solo él tiene acceso.

Ese niño sigue allí, quizás, porque jamás tuvo la necesidad obligada de salir al mundo. Ni de descubrir nuevas experiencias; era feliz pisando su suelo. Y, yo me siento contento al saber que sigue en casa, porque al final, la vida se reduce a cosas muy simples. Y, en esa simpleza, él ha encontrado la serenidad que yo perdí, y que voy buscando de forma alternativa.

Me siento afortunado de que un periódico de mi localidad  se haya interesado por mi obra. Mis andanzas hacia un destino incierto se gestaron en Ronda, y se edificaron en el mundo.  En Ronda vive mi parte más sensible, más primitiva, más esencial; humilde e ingenua. Ese niño del que he hablado, que nunca jugó al futbol, que apenas tenía amigos, que prefería la noche a la mañana, que se escondía en el recreo para pasar inadvertido, que soportaba una lluvia de tizas y bolas de papeles a la espalda mientras resolvía una raíz cuadrada en la pizarra. Que escogía las vías del tren para ir al colegio. Los rincones, a los espacios abiertos. Un niño al que la vida le enseñó a tener miedo, cuando carecía todavía de las armas para enfrentarse a él.   

Pues, ese crío, se ha hecho adulto y ahora escribe novelas. Un adulto que vivió una infancia con prisas. Una adolescencia de desafíos. Una madurez desconcertada. Ahora necesita descanso. Tiempo, pero no para reflexionar, porque las reflexiones pierden fuerza cuando se las define, sino, horas para recuperar ese tiempo que escapó de su vida por la puerta de atrás. Ese adulto sabe que lo perdido no es recuperable y, es por eso por lo que intenta construir ventanas sin filtros por donde pueda escapar lo que le pertenece.

Esto que cuento no forma parte de la entrevista, ni está publicado, pero me complace añadirlo como un pequeñito fleco que cuelga de una manta. No aporta mucho, pero tampoco desentona, ya que es hilo de la misma madeja.   

 

‘A los ojos de Dios’ escrita con profundo respeto

Cuando digo que la novela está escrita con un profundo respeto, me refiero a las personas que sufren o han sufrido algún tipo de enfermedad mental a lo largo de sus vidas. Para mí, no existe peor tormento que el causado por la tristeza. Ni demonios más terroríficos que los que crea la mente.

A los ojos de Diosrelata la vida a través de los ojos del alma. De esos momentos de introspección en los que la vida toma distancia de sí misma y se reencuentra. A través del remordimiento que remueve la conciencia, del perdón que no siempre perdona, de la fe que hila hilos tirando de madejas imaginarias. Del sufrimiento y de la esperanza que, al final, se dan la mano y terminan por reconciliarse. Pero, sobre todo; define esas experiencias que se van ajustando a los días y acaban por convertirnos en lo que somos ahora.

Solo me resta esperar que disfrutéis leyendo un relato que no es totalmente una obra de ficción, como a veces puede parecer la vida.

Domingo Terroba.