Fue icono de modernidad. Rompió moldes. Se atrevió con una coreografía sensual, enjutado en mallas y con gestos amanerados ante una España casta y pudorosa, marcada aún por un pasado negro. Tan odiado como admirado. Deseado y perseguido. Objeto sexual de delirios ocultos. Lidió con el tabú de la homosexualidad con el estoicismo que su padre toreaba en las plazas. Protegido por la matriarca antes los despechos de un patriarca machista retorcido, putero, anarquista y homófobo. Miguel bosé creció en una familia atípica para una España que abría tímidamente los ojos al color acostumbrada a ver la vida tras una cortina opaca. Miguel iba creciendo a saltos entre la libertad y el recato. Entre el morbo, la admiración, la culpa y el desprecio. Bebiendo buches de cultura y recibiendo bofetadas de ignorancia. Un día, cierta periodista adicta a manchar a famosos con el estigma del sida, provocó que el cantante se apartara definitivamente de la prensa rosa. Gracias a esa señora fue rechazado, anulado y separado del rebaño por miedo a un contagio de una enfermedad que no padecía. En tanto, un amplio sector de la España purista, retorcida y envidiosa, vio la oportunidad de tomarse la revancha condenando a otro maricón que propagaba la maldición de los ochenta. Miguel se retiró a su otra parte genética, Italia, donde intentó coser con hilos de sentido común e ilustración las heridas abiertas. No se supo demasiado de su vida privada hasta que hace poco, tras la ruptura con su pareja, se vio obligado a desvelar su vergüenza guardada bajo los años. Ahora, aquel que fue transgresor y mito erótico, se ha convertido en un espécimen extraño, avejentado, voluptuoso, de gesto agresivo y ojos pendencieros, que ve enanos circulando por la sangre y a espías cibernéticos que conspiran contra la humanidad. El problema no es lo que crea Bosé, sino en la legión de ignorantes que le siguen y creen a pie juntillas sus relatos de una ficción ya desfasada. Siempre hubo quien inventó una realidad paralela a lo que ocurría por los motivos que fuesen y, Miguel, parece haber caído en el tópico, escribiendo una versión de sí mismo esperpéntica, propia de la pluma de Mary Shelley o Bram Stoker.
Me viene al pensamiento aquella magnifica escena de Sunset Boulevard interpretada por la brillante Gloria Swanson, cuando ya en el ocaso de su célebre carrera, creyó brillar de nuevo en el firmamento de las estrella, sin darse cuenta de que su luz se había apagado hacía ya tiempo.