Esta vez la depresión va sumando más días de lo habitual, no es que me preocupe, solo que la desgana es cansina y consume fuerzas. Quizás sea consecuencia de los tiempos que corren, pienso. Quizás sea septiembre. Y, cuando digo deprimido, no me refiero a un estado pasajero de tristeza o a un repentino bajón de ánimo, sino a ese demonio que te desconecta la mente y apaga tu vida durante un tiempo en el que quedas suspendido sobre algo incierto, sobre una bruma viscosa. Un tiempo neutro dedicado a NADA. Conectado mentalmente a un cableado de sensaciones… Sensaciones tan diversas como extrañas. Una vez escribí que la vida tiene el sentido que le confiere tu mente, y si la mente esta averiada la vida descarrila, la luz se apaga y las emociones se rompen. También dije que escribo novelas porque necesito desahogar los seísmos que me sacuden por dentro, aunque no puedo escribir cuando quiero o cuando puedo, sino cuando mi mente me lo permite. Volcar mis demonios en la cabeza de otros me facilita verles la cara. No me alivia reconocerlos, pero observarlos desde fuera me ayuda a vigilarlos de cerca, a predecir en cierta medida sus movimientos. Hoy vuelve a estar nublado. Corre una brisa fría que destempla el ánimo, aunque fuera brilla un sol intenso, el aire es húmedo y templado y, la luz, cálida como la primavera. Veo gente que pasea sonriendo.
Mañana… mañana volverá la sonrisa a casa, las flores de la terraza retomaran el color de antes y mis ojos miraran la vida sin filtros. La ilusión y las ganas de hacer cosas volverán a ocupar su lugar de siempre. Solo es cuestión de horas, de una pizca de paciencia; de un poco más de tiempo.