Lo que ocurre en España es digno de un estudio sociológico. Un país que se hunde gritando ayuda sanitaria. Empobrecida a día que pasa. Sumando muertes. A la cabeza de Europa en contagios. En manos de las autonomías a falta de un gobierno que dedica su tiempo en investigar la guerra civil y perseguir el fantasma de Franco en vez de buscar soluciones a una pandemia atada a un desastre económico que ha traído la ruina a su pueblo. La gente
(demasiados ya como para llamarlos irresponsables), siguen organizando fiestas y reuniones familiares expandiendo el virus como humo de tabaco. Y, por si fuera poco, esa especie de sombra infecta con moño y pendientes, propaga la nueva venida de una REPUBLICA, que es ahora lo que más importa. No nos estamos dando cuenta de adonde nos están llevando esta panda de canallas, porque hilan muy fino dejando hebras sueltas para distraer a las mentes ligeras, pero el agujero va cerrando sin pausas, y para cuando nos demos cuenta, ya será tarde. Muy tarde. España sufre el síndrome de la mujer maltratada, diría un psicólogo; agredida, insultada, engañada: acostumbrada a vivir con un acosador al que muestra su lado sumiso, consentida, y del que no puede o no quiere separarse. Un sociólogo diría que el grupo interactúa según el contexto. Una mente práctica añadiría que España tiene lo que quiere o es que le importa un cuerno lo que ocurra. Puede que veamos alzarse una nueva república. Puede que veamos una España con un diseño europeo de la Venezuela de Chavez, o, puede que veamos a Franco en formato virtual hablando a los españoles desde su nuevo lecho de muerte. Como quiera que sea, España no se sorprenderá ni se conmoverá pase lo que pase, porque España se ha acostumbrado a vivir bajo el yugo de su opresor y parece que es ahí donde se siente segura. Adaptada. Y donde encuentra el alimento para vivir de la queja sin mover un dedo.