No hay mayor placer que el de sentir un brote de alegría fresca, natural y espontanea, como cuando estrenabas zapatos nuevos o vestías de Domingo. La onza de chocolate a las cinco de la tarde. El sonido de la campana del recreo. Los zapatos gorila de temporada y el anuncio de la casera. El vaso de Cola-Cao con los grumos flotantes. Los rotuladores Carioca. La goma de borrar con olor a vainilla. El aroma de la ropa limpia oreándose afuera. El acelerón al meterte en la cama en noches de invierno entre sabanas heladas. La canción de Mirinda y, Fundador… que por aquel entonces, era cosa de hombres.
!Madre mía, si esto se dijera ahora!
Hoy recuerdo, con un punto de nostalgia, esa felicidad autentica que no se publicitaba en los libros, como se hace ahora. Ni se cocinaba con recetas mágicas. Ni se compraba en manuales de psicología emocional, ni se ofertaba en los estantes de Auto-ayuda como Betseller. Antes, no se te pasaba por la cabeza buscar la alegría, porque sabías que era algo natural que ocurría a veces. Cierto, que la vida de entonces era más simple y “sana” que la de ahora. Y sabido es que las cosas simples conectan entre sí, unas con otras.
Hoy todo se vende al por mayor y con garantía de éxito. Las ilusiones se compran. La felicidad se oferta. Y, hay incluso quien ofrece la buena nueva de estar siempre contento, convencido que ese es el estado natural del ser humano. Pues yo me quedo con la felicidad de antes, que me sabe a cierto y huele a esencia. Suerte que sigue ahí. Nunca se perdió y nunca se apagara del todo, solo que a la sociedad moderna y consumista de ahora, ni le interesa ni le aporta nada.

By |2018-09-21T10:52:21+00:00septiembre 21st, 2018|Blog|0 Comments

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