«Por fuera estoy totalmente reconstruida, pero dentro hecha una mierda» (Jean Fonda)

Celebramos el cumpleaños y cada vela que se apaga es un año que se esfuma. Envejecer no es apetecible, por mucho que nos digan que las arrugas son las marcas de las risas consumidas.

Para mi es mucho más frustrante no aceptar la realidad que barnizarla con espejismos. Tarde o temprano tienes que enfrentarte a eso que temes o a lo otro que tanto te preocupa. Y da igual el método; el fin no es dos ni tres, sino uno.  Los psicólogos manejan con exquisita perspicacia una variedad de realidades paralelas para que escojas entre ellas la que mejor se adapte a tu problema. Mientras le escuchas ves abrirse una luz en el cielo, te arrepientes de los estúpido que has sido y sales de la consulta con la cabeza alta y la firme promesa de no volver a ser el mismo. Pero luego, a la caída de la tarde, cae el ánimo empicado a suelo, recapacitas y te sientes aún más imbécil por haber creído en la nueva versión de ti mismo que ibas a construir hace a penas unas horas.

Dicen que envejecer es la sabia de la vida, la culminación de la experiencia, la toma de conciencia de la sabiduría. Suena sublime, hermoso, apoteósico, aún así parece que no queremos ser tan sabios ni ilustrados en la ciencia de la existencia si para ello debemos acabar con la cara agasajada y, en mano, el billete de ida.

No todos llevamos el paso de los años con la misma resignación, hay gente a la que no le preocupa el ocaso de su experiencia ni la partida de este mundo, porque dicen haber aceptado lo que otros rechazan por miedo. A mi la muerte no me asusta, sino el proceso de morir. Como tampoco me agobia demasiado envejecer, sino las carencias físicas y del intelecto que ese estado provee, además de la posible perdida de aquellos a los que quiero.

Y, llegado aquí, me pregunto que hago yo escribiendo sobre la vejez cuando vivimos en la época de la juventud eterna, la consecución de tus sueños y la plenitud de un éxito que, si te lo propones, aseguran que consigues. Una comunidad con más ficción que realidades donde el fracaso y la frustración no tienen cabida. 

Me comenta un cirujano plástico que vio incrementar notablemente su clientela con la llegada de Instagram.  Un psiquiatra, que nunca había recetado tanto ansiolítico precisamente cuando vivimos con mayor calidad de vida. Y un sociólogo me afirma que gracias a las redes se está gestando en la sociedad una ausencia de comunicación física, una intolerancia ante la critica y la reafirmación de un ego narcisista como reflejo distorsionado de una imagen sobreexpuesta y continuamente confrontada. 

Pero quizás sean aquellos que viven de su imagen los que peor lleven el paso del tiempo. Sorprende ver fotos de famosos que se desfiguran la cara con inyecciones de Botox ansiosos por retener una porción de la juventud perdida.

Se dice que lo importante no es ganar, sino participar, que el fracaso es el camino al éxito, que los años no son la suma de números, sino como te sientes por dentro. Frases con sabor a dulce y de ingestión amarga que surgen como recurso ante la imposibilidad de aceptar lo inevitable.

Hay gente que vive su vida sin tiempo para preguntarse si lo que hacen es lo que desean o tenían previsto. Otros, pasan su tiempo luchando por conseguir sus metas sin saber si lograran alcanzarlas algún día. Y hay quienes observan descolgarse los años de sus vidas como hojas otoñales arrastradas por el viento. Todos, a su manera, se asoman a la ventana de la vida. Una ventana con vistas al correr del tiempo.

@Domingo Terroba.