Anterior a las redes sociales se media la calidad de un producto o las capacidades de una persona con una vara distinta. Ahora, parece que cobramos el valor del número de Likes que acumulamos.

Me pregunto si la vida normal, esa que comenzamos al despuntar el día, está quizá vetada en Instagram o en Facebook. Redes que se han ganado el título de frívolas a fuerza de mostrar un superyó merecedor de una nueva revisión por Freud. La banalidad junto a la simpleza impera. La exposición de un yo idealizado sustituye al yo débil, dudoso, angustiado y vulnerable que muchos esconden. Un escaparate que proyecta centellas de éxito adornado con lazos de autoestima que raya en la arrogancia. Y todo ello expuesto con la exuberancia del que todo posee y nada desea.

Instagram es la fábrica donde se reciclan los éxitos aún no usados. Facebook, el antiguo álbum de fotos reactualizado y versionado para una sociedad auto eficiente y sin complejos, donde la intimidad expuesta queda al veredicto de la opinión del que observa.

¿Somos en realidad la imagen que proyectamos en las redes?

Yo creo que somo varias versiones de nosotros mismos, y mostramos el perfil que más se adapta a las circunstancias del momento. Las redes, nos ha dotado de las armas necesarias para ejecutar esta transformación con una ingeniería soberbia.

Instagram, Facebook, Twitter, Tick Tock… son mecanismos creados por mentes exquisitamente inteligentes que operan sobre la vulnerabilidad, zona extremadamente sensibles del Yo.  El anterior presidente de Facebook confesó su arrepentimiento al ser consciente de explotar vulnerabilidades de nuestra mente para maximizar el efecto adictivo. 

No comprendo ese afán por hacer publico lo privado. Como tampoco entiendo qué finalidad tiene informar al mundo de asuntos que solo a ti te concierne. 

Me parece una frivolidad sin precedente colgar las fotos de tu vida en un escaparate y a la vista de todos. No hay otro sentido en este acto que la exhibición gratuita a cambio de nada, excepto de críticas y chismorreos. No sé que se gana con ello, pero si sé lo que se pierde.

Cuando decidí que era yo quien debía hacer uso de las redes y no que las redes hicieran de mi su uso, encontré cierto equilibrio entre mi trabajo y mi presencia en este universo ilusorio.

Pero antes de conseguirlo había cerrado mis perfiles una y otra vez, perdiendo incluso un número decente de seguidores. La repulsa que me asaltaba cada vez que me asomaba a esa pompa narcisista era insufrible.  Por más que lo intentaba no encontraba mi hueco en esa colmena de banalidades donde el mundo grita sus batallitas a través de una ventana abierta, sin pudor alguno.

Me he retirado de las redes porque no me aportaban nada; me comentaba un conocido hace unos días. 

Cuando el propósito es tan simple como estar por estar, posiblemente la finalidad sea dejarlo. Los vacíos que se llenan con vacíos nunca tocan fondo. Además, toda interacción de likes se sostiene sobre un pilar egoísta: si tu no me pinchas yo a ti tampoco. Al final, estamos haciendo uso de un producto que contiene sustancias adictivas y nocivas para la mente. Nos lo venden gratis, pero el precio que pagamos por ese amable gesto es muy alto.

«Mi mayor preocupación es el sueño» dijo el creador de Neflix. Mantener a la gente pegada a la pantalla es la fuente de mis ingresos».  

@Domingo Terroba

Edinburgh, 18/12/2021