De Pepa Flores se ha dicho ya todo; yo no sabría añadir nada nuevo, solo que la conocí cuando yo tenia apenas 17 años y ella venía a vernos ensayar alguna que otra tarde al teatro romano de Malaga, donde trabajaba también su hermana Vicky y otros jovencitos que luego alcanzaron el éxito, como Maria Barraco o Antonio Banderas. De Pepa me impacto su belleza, pero más aún lo sencilla y natural que era. Ya por entonces se empeñaba por pasar desapercibida, deseo imposible para alguien a quien la vida moldeo con aristas diferentes. Marisol iluminó con su rayo de luz a una España en blanco y negro. Y, hoy, la España coloreada le rinde un merecido homenaje en vida, algo extraño en un pais que acostumbra a galardonar a los muertos.
Anoche, viendo cantar extraordinariamente a Amaia, me pareció como si Marisol hubiera vuelto del pasado para darle un fuerte abrazo a Pepa. Como quiera que sea, una y otra, Pepita la niña, Marisol el mito, juntas las dos, han dejado ya su huella en ese espacio exclusivo del firmamento a donde los astros brillan con luz propia.

By |2020-01-26T20:31:11+00:00enero 26th, 2020|Blog|0 Comments

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