Nos hemos acostumbrado a hacer de nuestra imagen una imagen pública y, no consciente del riesgo, hemos añadido con cierta despreocupación lo que pensamos, lo que sentimos y aquello en lo que creemos…

… sin detenernos a pensar que el mundo de ahí fuera nos escucha, no espía y está atento a lo que subimos a las redes.

Hasta hace poco, éramos más juiciosos con nuestros comentarios en público. Existía una parcela de privacidad que manteníamos a salvo. Nuestro concepto de lo privado era un terreno legítimo e intransferible. Mirábamos con lupa antes de abrir la boca según donde y con quien. Ahora, con la explosión de las redes sociales, se ha desatado una ansiedad enfermiza por hacer visible nuestra vida personal y, peor aún, nuestros pensamientos, nuestro apostolado; aquello que solo debería importarnos a nosotros. Hemos abierto de par en par las puertas de nuestra casa y de nuestra intimidad sin una plena conciencia del peligro que encierra desairar la privacidad.

Yo soy poco amigo de las redes, mucho menos de la exposición pública. Quizás porque soy consciente de la responsabilidad que conlleva colocarse en el escaparate.

Ser anónimo es un tesoro que guardo bajo llave. He tardado años en decidirme a subir una foto o compartir un comentario, incluso publiqué «Oculto en la memoria» con un seudónimo. Finalmente me convencieron de que cuando tienes un producto a la venta, las redes sociales son la puerta de entrada al mercado.

Cada vez son más las editoriales que tienen en cuenta tu número de seguidores y si eres activo en las redes antes de ofrecerte un contrato. Pero esta reticencia mía hacía «el mundo cableado» no quiere decir que no  sea un medio válido, incluso efectivo y beneficioso para promocionarse. Las redes ofrecen infinidad de posibilidades, siempre que se haga uso de ellas con sentido común y prudencia.

Sé que en ocasiones puede ser molesto, incómodo y hasta ofensivo, que recibamos críticas por desacuerdo de opiniones. Debemos tener en cuenta que estamos hablando ante una macro audiencia con diversidad de criterio. Puede que nos hayamos mal acostumbrado a dictar frases lapidarias en nuestros muros olvidando que hay otros a los que también les gusta sentirse héroes. No hay opinión que contenga verdad alguna, como no hay creencia que se sujete sin una fe ciega. Todo es relativo y tiende a relativizarse, incluso argumentos apostolados por la ciencia, son válidos hasta que emerge una nueva tesis y los suplanta.

Mi pequeño universo virtual consta de libros, de actualidad, de cultura, y de otras actividades que pueden ser del interés de otros. Difícilmente comparto o participo con perfiles exentos de estos caracteres, como tampoco quiero pasar por alto que gracias a estas plataformas, he conocido a gente muy interesante cuya amistad ha cristalizado en el tiempo.

La costumbre es la hacedora de milagros y, yo he acabado acoplando a mi rutina esta presencia digital surgida de la mente humana, y que ha logrado hacerse un hueco entre nosotros. Importante es establecer límites, ser prudente y no bajar la guardia. A fin de cuenta, el peligro ronda por cualquier esquina, y dejarse observar desde un escaparate no esta exento de riesgos, como ser el blanco de una pedrada que acabe rompiendo la cristalera.