«Es posible que una pulsión interior le empujara a volver a la casa donde vivió de niño y se gestó el trauma«.

«Y entre aquellas paredes que conocía de sobra, vio moverse a su propia sombra por las habitaciones y corredores como un espectro perdido en la noche. Creyó escuchar voces que no eran otra cosa que el reclamo de su conciencia y empezó a dar forma física a un pasado no resuelto que su mente optó un día por ignorar».  (A los ojos de Dios)

Así como se dice en la novela, los traumas suelen gestarse en la infancia, época en la que la mente es exquisitamente sensible a los acontecimientos externos, sobre todo a episodios estresantes que la mente del niño ni comprende ni sabe encajar.

Benjamín, posiblemente el muro central de «A los ojos de Dios», era un niño sano mentalmente, hasta que la tragedia se cebó con él. De no haber sufrido un episodio trágico en la infancia, quizás se habría convertido en un adulto sin problemas emocionales, con una vida aparentemente normal. Sin embargo, la casualidad, el destino o la mala suerte, se interpuso en su camino, dando al trate con una vida que comenzaba a despegar.

Cuando el trauma esta dormido, la persona tiende a llevar una vida «normal», aunque si se presta atención a sus actos, decisiones, comportamiento, se pude entrever muy sutilmente que algo no va bien. Según los psiquiatras, los traumas suelen despertar a edad adulta, y con más frecuencia, cuando la vida del individuo ha alcanzado cierto equilibrio. Es entonces cuando esa lava aún incandescente pegada a las gritas de la memoria, explosiona y salta a la superficie; la mente activa o consciente. 

Para el tratamiento del trauma se requiere, entre otras cosas, un exhausto ejercicio de memoria. Cuando se encuentra la causa originaria se adelanta camino, dando así una tregua a la mente enferma, que ha arrastrado durante años o de por vida, una carga de dolor.  Es frecuente que el individuo afectado tienda a volver al lugar donde se gesto el problema, tal y como relato en mi novela A los ojos de Dios, pero el reencuentro no siempre puede ser beneficioso.  A veces es Hiriente; cuando se empieza a recordar viejas cicatrices que causan más tristeza y dolor. O, bien, dejando que la mente vaya poco a poco asumiendo heridas del pasado al tiempo que el individuo hace un trabajo introspectivo de análisis y aceptación de los hecho. Una vez se comprende a nivel inconsciente lo sucedido (lo que no es nada fácil), sin remordimientos, emociones vengativas, ni odios, la mente tiende mediante la aceptación pasiva a sanar. Las emociones enquistadas durante años empiezan a salir a la claridad y, una vez libres, se disipan y mueren.